Anatomía de una huelga en China

Anatomía de una huelga en China

 Trabajadores en huelga de la factoría de Yue Yuen en Gaobu, de la región de Dongguan. DIEGO TORRES

Trabajadores en huelga de la factoría de Yue Yuen en Gaobu, de la región de Dongguan. DIEGO TORRES

 

El enviado de EL MUNDO visita una fábrica parada por los trabajadores en una zona fabril
  Protestan por un incumplimiento en la pensión de los operarios de 70 euros.

“La indolencia provoca pérdidas”, advierte un cartel a la entrada de la fábrica. Tras la verja, decenas de edificios con aspecto de vivienda albergan los talleres y los dormitorios de Yue Yuen, una compañía taiwanesa que se define como el mayor subcontratista de zapatos del mundo. Unos 40.000 obreros cosen zapatillas deportivas para Nike, Adidas y otras multinacionales en esta factoría, la mayor de las cinco que la empresa posee en China. Se necesitan 40 minutos en coche desde Dongguan, en la provincia sureña de Cantón, para llegar a la pedanía de Gaobu, donde se encuentra el complejo. La carretera es un desfile incesante de chimeneas, almacenes y talleres.

Este es el escenario de una de las más exitosas y masivas huelgas de los últimos años en el país asiático. Todo empezó a principios de abril. Varios trabajadores se jubilaron y se llevaron la desagradable sorpresa de que la pensión que les quedaba apenas alcanzaba los 50 euros, cuando el montante debía rondar los 120 euros, según sus propios cálculos.

“Nos dimos cuenta de que la empresa había estado pagando las cotizaciones sociales en función del salario base y no del total del sueldo”, explica Li Mei, una mujer de 52 años que entró en la fábrica en 1989. Generalmente, gracias a las horas extras y otros pluses, los obreros consiguen doblar sus ingresos mensuales. Li, que utiliza un pseudónimo para evitar represalias, cobra 300 euros por coser zapatillas Nike durante 50 horas a la semana, de lunes a sábado. Ha de trabajar en silencio, “sobre todo si están los supervisores taiwaneses”, y con esmero. Yue Yuen multa a sus empleados si encuentra defectos de calidad en los productos: primero una advertencia, después cuatro euros y finalmente 10 euros para los reincidentes.

Los empleados se fueron enterando de la situación por otros compañeros. Y la noticia corrió como la pólvora. Tras un conato previo, el 14 de abril estalló la ira de la inmensa mayoría de los 40.000 trabajadores de Yue Yuen, que se pusieron en huelga indefinida y salieron a protestar a las calles de Gaobu. El Gobierno local respondió con un enorme despliegue policial. Unas 10 personas fueron detenidos y liberados en los días siguientes. Las fuerzas de seguridad, además, golpearon a varios de los manifestantes.

Gao Gezi, de 40 años, fue uno de los pocos que sí trabajó aquel día. Al salir de la fábrica, vio que un policía lo estaba filmando, a lo que él respondió sacando el móvil y grabando a su vez a los agentes. Segundos más tarde estaba tumbado en el suelo encajando patadas en el costado, asegura desde la camilla del hospital donde recibe a EL MUNDO. “Me tenían esposado por la manos y los pies, no me daban agua y me volvieron a maltratar en comisaría”, afirma Gao (también un pseudónimo), que todavía tiene moratones en el pecho y las extremidades. Su mujer, que lo acompaña en la habitación, solo consiguió localizarlo dos días más tarde, en un manicomio, donde lo habían ingresado tras una crisis nerviosa.

La huelga continuó en los días siguientes de forma espontánea y desorganizada. Nadie se atrevía a actuar como portavoz o delegado, por miedo a ser detenido y despedido. Pero fue un éxito. La producción cayó. Adidas comenzó a trasladar pedidos. Y las acciones de Yue Yuen (una firma que facturó 5.500 millones de euros y obtuvo 300 millones de beneficio en 2013) se desplomaron en la bolsa de Hong Kong. Las trabajadores, además, incrementaron las demandas, apuntando a un aumento de los subsidios para la vivienda y otras partidas.

En vista de la situación, el Gobierno de Dongguan dio un paso al frente para evitar que la movilización se le fuera de las manos. Por un lado, obligó a la empresa a negociar un plan de solución con el sindicato oficial del municipio -bajo control del Partido Comunista-, un acuerdo en que la firma se compromete a abonar las contribuciones debidas -y a futuro- a partir de mayo. Por otro, utilizó el palo, deteniendo a varios activistas y enviando cada día a la policía a la fábrica a presionar a los obreros para volver al tajo.

Los empleados, sin embargo, no quedaron satisfechos con el acuerdo que habían negociado a sus espaldas la empresa y el Gobierno. El documento les obligaba a pagar de sus magros sueldos parte de las contribuciones por los años pasados, un montante significativo que mucha gente dice no poder afrontar.

El 22 abril este periódico comprueba ‘in situ’ que decenas de miles de obreros persisten con el paro a las puertas de la factoría. Son trabajadores jóvenes, llegados de todos los rincones de China. Nadie porta carteles reivindicativos, por miedo a ser detenido. Pero la presencia de un periodista extranjero en la fábrica, el primero que ven en varios días, inyecta entusiasmo en el grupo. Miles de personas aplauden y se giran para observar al extraño, que se convierte de pronto en el foco de atención. “En China no hay derechos humanos”, grita uno de los empleados. “La policía militar ha venido para reprimirnos”, clama otro ante el aplauso generalizado. Cuando el periodista se acerca a fotografiar a las fuerzas de seguridad, la gente se aparta y corea a gritos cada disparo de la cámara.

Minutos más tarde, un coche de paisano se detiene al lado del reportero. Una señora de unos 45 años sale del vehículo y dice: “Soy del Gobierno, ¿podemos hablar unos minutos?”. Tras cotejar la documentación y trasladar al periodista a un edificio de la Administración local, Su Huiying, miembro del comité del Partido Comunista de Gaobu, asegura que el Gobierno apoya las demandas de los trabajadores, pero siempre por los “cauces legales”; no mediante la huelga. “La empresa ha prometido que va a pagar a partir de mayo y nosotros vamos a verificar que así sea”, afirma. La funcionaria dice también están ya “convenciendo” a la gente de que vuelva a trabajar.

Las autoridades también han tratado de convencer a Zhang Zhiru y Lin Dong, dos activistas pro derechos laborales de Shenzhen, de que dejen de inmiscuirse en la huelga. Zhang y Lin fueron arrestados el martes 22, después de animar a los obreros a que vencieran el miedo y se organizaran de forma independiente. “Me advirtieron que dejara de asesorar a los trabajadores, que este problema ya estaba resuelto”, asegura Zhang por teléfono después de su puesta en libertad el jueves 24 por la noche. “También me dijeron que firmara un papel diciendo que estaba de viaje visitando a unos amigos, pero yo me negué”, relata. Su compañero, Lin Dong, en cambio, sigue en estos momentos detenido y se enfrenta a cargos relacionados con su participación en la huelga.

La presión de las autoridades y de la empresa se fue incrementando hasta quebrar la unidad del grupo. “Están trayendo trabajadores temporales para cubrir las ausencias y la policía está deteniendo a aquellos que se niegan a trabajar, que después son despedidos”, asegura Wang, un joven de 27 años que entró en la empresa en 2009. De acuerdo a los testimonios de varios empleados, al cierre de esta edición la mayoría de los obreros había vuelto al trabajo. “Nos están amenazando todo el tiempo”, dice Wang, que regresó el pasado sábado a su puesto. “Los obreros no tenemos fuerza ninguna”, se lamenta.

http://www.elmundo.es/internacional/2014/04/30/53610ebf22601d46128b457d.html

30/04/14

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