La vigencia de una fecha emblemática

La vigencia de una fecha emblemática

Eduardo Lucita (LA ARENA)

La continuidad de las luchas durante más de un siglo demuestra que los trabajadores están colocados hoy en el centro de esta época. La clase misma es más heterogénea y cambiante, pero es a partir de estas condiciones en que se debe reformular una política propia.

Cuando los lectores reciban este ejemplar estaremos en las vísperas de un nuevo aniversario de una fecha más que emblemática para los trabajadores del mundo entero. Ha pasado más de un siglo en el que años tras año los asalariados manuales e intelectuales, en nuestro país y en el mundo, hacen un alto en sus tareas para trazar un balance de lo actuado y elevar sus protestas y propuestas para reafirmar sus derechos sociales y políticos.
Esta fecha conmemorativa obrera, nacida al calor de las luchas por la jornada de ocho horas y el recuerdo de los ahorcados de Chicago, fue transformada al ser adoptada como propia en todo el mundo, en un día emblemático del trabajo y de la lucha contra el capital. Fecha por demás simbólica que trasciende las tendencias ideológico y políticas presentes al interior del movimiento que resulta, en cada momento, expresión organizativa de la madurez alcanzada por la clase obrera en su lucha contra el régimen de explotación capitalista.
Clase internacional
La iniciativa de institucionalizar el 1º de Mayo fue inmediatamente asumida por la Internacional Socialista para así darle proyección mundial. En América Latina fueron varios los países en donde la convocatoria tuvo eco inmediato, siendo la Argentina quien mayor respuesta brindó con la histórica concentración en el Prado Español en la Capital Federal y los actos de Bahía Blanca, Rosario y Chivilcoy. Seguramente por haber recibido grandes contingentes de inmigrantes europeos en el siglo XIX, por haber tenido un desarrollo capitalista durante el último tercio de ese siglo que multiplicó rápidamente los contingentes obreros y porque dio lugar a que se concentraran grandes núcleos de militantes de diversas ideologías para quienes era natural caracterizar a la clase obrera como una clase internacional, al mismo tiempo que el capital se internacionalizaba bajo el empuje de la expansión imperialista.
En esta historia más que secular muchas han sido las batallas, las derrotas y los éxitos de los trabajadores. En numerosos países duros combates concluyeron en el reconocimiento de sus derechos y su libre accionar. En otros por distintas vías se avanzaba en la construcción de sociedades post-capitalistas en tránsito hacia formas de organización y de vida superiores, pero este proceso -a poco andar- resultó abortado por burocracias de Estado que antepusieron los intereses de esos gobiernos al protagonismo social y político de los pueblos. En nuestra América Latina los trabajadores una y otra vez desplazaron los regímenes autoritarios y reconquistaron el Estado de derecho y el libre ejercicio de las libertades democráticas y con ellas la posibilidad de reorganizarse para hacer frente a la explotación capitalista y a la opresión imperialista que recorre el continente.
Centro de época
Esta continuidad de las luchas durante más de un siglo demuestra, más allá de teorizaciones sobre el agotamiento de su protagonismo y voluntad transformadora, que los trabajadores como productores colectivos y creadores de la riqueza social, están colocados en el centro de esta época, cuyo contenido más profundo se orienta en el sentido de la implantación de regímenes político-sociales humanistas y fraternales, sustentados en la organización racional, igualitaria y democrática de las sociedades. La actualidad del capitalismo real, con sus crisis periódicas y recurrentes, la explotación de las masas trabajadoras, la marginación y opresión de vastos sectores de la sociedad, la destrucción del equilibrio ecológico y el medio ambiente, la política de guerra permanente y el siempre latente peligro nuclear, replantean una vez más la vigencia del 1º de Mayo, poniendo una y otra vez en primer plano las necesidades y esperanzas del movimiento social.
Fecha impuesta
En la Argentina durante estos más de cien años esta fecha resultó conquistada e impuesta por la propia lucha. Muchas veces como herramienta unificadora, otras como apelación nucleadora, no sólo como emblema de clase para enfrentar al capital sino también como momento de convergencia para enfrentar dictaduras y represiones, pero siempre plena de contenidos de clase.
Sin embargo estos contenidos cambian según los períodos de acumulación de capital y los procesos por los que atraviesa el movimiento obrero y sindical. Así durante el siglo XX se sucedieron entre los 1º de Mayo algunos de lucha, otros festivos; en la clandestinidad muchas veces y en la legalidad del régimen otras; con un carácter nacional o como fecha internacional obrera. Pero siempre fueron Primeros de Mayo. En cada caso la clase persistentemente hacía notar su existencia dentro del sistema y también su contradictoria relación con direcciones burocratizadas en los sindicatos o reformistas en lo político, o con direcciones que genuinamente estuvieron al servicio de sus necesidades e intereses.
Terrorismo y debilitamiento
La implantación en nuestro país del Terrorismo de Estado en 1976 fue la respuesta del Capital, a un extraordinario avance del Trabajo, en las formas organizativas, en la distribución del ingreso y en las conquistas sociales logradas desde los años ’40 en adelante. La dictadura fue así el vehículo de una fuerte ofensiva sobre el mundo del trabajo e insertó al país en el proceso de reestructuración capitalista mundial que, con alternativas fue continuado por los gobiernos democráticos, particularmente en la década del ’90.
Resultado de las transformaciones y de cambios en el rol del Estado los sindicatos sufrieron un fuerte debilitamiento y los intereses inmediatos de los trabajadores fueron postergados, mientras que la mayoría de los dirigentes históricos se mostraron absolutamente comprometidos con el espurio mundo de los negocios. Para ellos la política fue, y aún lo es, entendida como un mero mecanismo de transacción permanente donde se disputan espacios de poder y formas de relacionarse con el Estado y los grupos económicos dominantes.
En la crisis
Las tensiones acumuladas en los ’90 estallaron en las históricas jornadas de diciembre de 2001. Una crisis inédita, por su profundidad y extensión, conmocionó a la sociedad. Los salarios fueron prácticamente pulverizados, la desocupación la pobreza y la indigencia treparon a niveles desconocidos, las condiciones de trabajo se deterioraron. Su contrapartida no fue otra que un también inédito proceso de autoorganización y de múltiples experiencias autogestivas, que puso en evidencia que aún en condiciones extremas la creatividad y la potencialidad de la clase se hace presente.
La recuperación de la economía a partir de mediados de 2002 en correlación con la economía mundial permitió el desenvolvimiento de un ciclo expansivo que impactó en el mundo del trabajo. El movimiento de los trabajadores se recompuso físicamente, se crearon millones de puestos de trabajo y la desocupación bajó; la reimplantación de las convenciones colectivas impulsó la recuperación salarial, que hoy en promedio equiparan sino superan el nivel de 1998, el mejor año de la convertibilidad; y el asistencialismo social y una política de subsidios focalizados redujeron la pobreza y la indigencia.
Sin embargo muchos de los puestos de trabajo creados son precarios. La recuperación salarial no es pareja, hay un sector con salarios muy altos, otro que le pelea a la inflación y otro claramente postergado. La desocupación ronda aún el 8 por ciento y las paritarias no han resuelto la flexibilidad impuesta en los ’90 en las condiciones laborales. El trabajo en negro sigue elevado y la política de tercerizaciones quedó dramáticamente expuesta con el asesinato del joven militante Mariano Ferreira. Los jubilados siguen penando por el 82 por ciento móvil y la elevación de las jubilaciones mínimas. Las desigualdades sociales se mantienen.
Experiencias propias
Así la realidad del mundo del trabajo muestra rupturas y continuidades con el pasado inmediato, un nivel de fragmentación inédito que dificulta dar batallas de conjunto, junto con una nueva generación de jóvenes trabajadores que están haciendo sus primeras experiencias. La historia tiende a reconstituir las condiciones objetivas y es posible reelaborar una concepción de clase. Pero no ha de ser el clasismo auroral el que ocupe el lugar vacante.
Las nuevas condiciones no parecieran remitir a los orígenes del movimiento, ni tampoco al clasismo que intentamos construir en los años ’60 y parte de los ’70. Estas experiencias históricas permanecen en la memoria colectiva pero la clase misma es hoy mucho más heterogénea y ha cambiado la relación entre las clases en la sociedad. Es en estas condiciones de vida y existencia y a partir de ellas -no de otras- que el movimiento debe reformular su política de clase, que deberá ser capaz de abarcar a otros sectores de la sociedad, para ocupar el centro de la escena política nacional. En lo inmediato la democratización de las estructuras sindicales, la defensa de la libertad sindical, políticas concretas para avanzar en la unidad social de los trabajadores en el país, una visión de integración latinoamericana para hacer frente a la agresión imperialista y a las multinacionales que la corporizan y una concepción internacionalista para hacer frente al capital global forman parte necesaria del nuevo clasismo en gestación.
Tal vez resulte este un tiempo de transición en las conciencias. Un tiempo cargado de riesgos pero también de enorme posibilidades para un futuro de transformación y esperanzas, que estuvo presente en todas y cada una de las luchas de este siglo largo de historia obrera.
Eduardo Lucita es integrante del colectivo EDI-Economistas de Izquierda.

Imagen: Los mártires de Chicago: Oscar Neebe, George Engel, Michael Schwab, A. R. Parsons, Louis Lingg, Samuel Fielden, August Spies y Adolph Fischer.

Argenpress 29/04/11

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