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Trump y la otra historia de un país atravesado por la lucha de clases

La Revolución de Octubre también interpeló a una parte de la intelectualidad negra estadounidense: en 1932, Louise Thompson Patterson organizó el viaje a la URSS de escritores y artistas afronorteamericanos como Langston Hughes y Dorothy West para participar en ‘Black and White’, una película soviética sobre el racismo en EEUU. Para ellos, la Unión Soviética aparecía como un espejo incómodo frente a Jim Crow, los linchamientos y la falsa universalidad de la democracia liberal. La lucha de clases y la lucha contra el racismo se entrelazaban en la búsqueda de otro país posible.

Esa misma tradición se expresó durante la guerra de España. Cuando el fascismo europeo convirtió la península ibérica en campo de ensayo de la guerra que vendría después, miles de voluntarios acudieron a defender la República a través de las Brigadas Internacionales.

Desde EEUU viajaron alrededor de 2.800 voluntarios del Batallón Abraham Lincoln; tres cuartas partes habían pertenecido al Partido Comunista estadounidense o a sus juventudes, y más de ochenta eran afronorteamericanos.

En 1937, en plena segregación racial en territorio estadounidense, Oliver Law, comunista negro nacido en Texas, fue nombrado comandante del Batallón Abraham Lincoln y se convirtió en el primer afronorteamericano en comandar tropas blancas estadounidenses en combate. España fue para ellos una experiencia de internacionalismo y también la imagen concreta de unos EEUU distintos.

Ante ese escenario, el Estado estadounidense desplegó una doble estrategia. Por un lado, la integración parcial de la clase trabajadora a través del New Deal, una forma de conciliación social –fordista y keynesiana, con todas las comillas necesarias– que permitió transformar al Partido Demócrata y contener, desde dentro del sistema, una conflictividad obrera alimentada por la Gran Depresión, el desempleo masivo y el prestigio creciente de las ideas socialistas.

Por otro, la represión abierta: vigilancia, deportaciones, listas negras, criminalización de anarquistas, sindicalistas, socialistas y comunistas. Desde las redadas Palmer y la consolidación del aparato federal de inteligencia bajo J. Edgar Hoover hasta el posterior macartismo, se fue construyendo una guerra sin cuartel contra ese otro EEUU posible.

El llamado Comité de Actividades Antiamericanas (‘House Un-American Activities Committee’) traduce mal, o al menos suaviza, su sentido político: Un-American no significa simplemente ‘antiestadounidense’, sino ‘no estadounidense’, ajeno al cuerpo nacional. Esa fue la operación ideológica central: convertir la lucha de clases en una infiltración extranjera.

Mentiríamos si dijéramos que aquella operación no tuvo éxito. Lo tuvo. Durante décadas, el anticomunismo vació de contenido político a buena parte del movimiento sindical, disciplinó a la industria cultural, destruyó organizaciones y convirtió la palabra comunista en una acusación antes que en una posición política. Pero no consiguió clausurar la impugnación.

Las luchas por los derechos civiles, el movimiento negro, las Panteras Negras, figuras como Angela Davis y las movilizaciones contra la guerra demostraron que ese otro EEUU seguía existiendo bajo nuevas formas. Después, la desindustrialización, la crisis financiera de 2008, la precarización laboral, el empobrecimiento juvenil y la crisis de hegemonía internacional volvieron a abrir grietas.

En ellas han reaparecido protestas antirracistas, estudiantiles, sindicales y antiimperialistas; una nueva conflictividad obrera visible en Starbucks, Amazon, el sector automotriz, Boeing, la hostelería o la educación; y organizaciones socialistas, comunistas o anarquistas, desde el Partido Comunista de EEUU hasta el Partido por el Socialismo y la Liberación, el Partido Comunista Revolucionario o Alternativa Socialista.

A ello se suma el crecimiento de los Socialistas Democráticos de América dentro del campo demócrata, con Zohran Mamdani como una de sus figuras más visibles. Sus posiciones no suponen una impugnación total del capitalismo, pero sí expresan algo que Trump comprende mejor de lo que aparenta: la lucha de clases nunca desapareció de EEUU; solo estuvo, durante un tiempo, más eficazmente contenida.

Así, al volver al inicio, la frase de Trump adquiere todo su sentido. Que aprovechara el 250 aniversario de la independencia de EEUU para renovar el viejo discurso anticomunista no responde solo a una necesidad electoral ni al temor ante sectores izquierdistas del Partido Demócrata. Responde al miedo a reconocer que no existe una única historia estadounidense, limpia y obediente al mito nacional, sino una historia en disputa permanente.

Frente al país de los propietarios, los colonos, los esclavistas, los banqueros, los monopolios y los aparatos represivos, siempre existió otro EEUU: el de los trabajadores organizados, los pueblos originarios resistentes, los internacionalistas, los comunistas, los anarquistas, los sindicalistas y quienes aún se preguntan por qué la riqueza de unos pocos debe sostenerse sobre la precariedad de tantos. Trump pretende declarar ‘no estadounidense’ esa tradición porque reconocerla implicaría admitir lo evidente: EEUU, como cualquier otro país, no es una esencia; es una lucha. Y esa lucha, durante 250 años, también ha sido lucha de clases.

Actualidad RT

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lahaine 10/07/26