
Por Aram Aharonian
A finales de agosto, Montevideo se convirtió en el epicentro del debate político progresista en el tercer Congreso Panamericano, un foro parlamentario que reunió a más de un centenar de legisladores, expresidentes, ministros y referentes de 15 países de la región, en la necesidad de construir alternativas al auge de las recetas ultraderechistas y de un populismo punitivo y por demás autoritario.
Las derrotas electorales recientes de la izquierda en Ecuador y Colombia forzaron a realizar una autocrítica, pero también a compartir iniciativas que ayuden a reconstruir un tejido social resquebrajado. Y, nuevamente, el motor impulsor de la iniciativa –como dos décadas atrás- fue el expresidente colombiano Ernesto Samper.
Obviamente, uno de los ejes del encuentro fue la geopolítica. La región sigue conmocionada por la creciente injerencia de Estados Unidos, como demostró la intervención militar en Venezuela para secuestrar al presidente Nicolás Maduro y apropiarse del petróleo del mayor productor del mundo.
La asfixia económica impuesta a Cuba, la presión a Argentina y otros países para reducir la influencia china, los ataques a lanchas en el Caribe y en el Pacífico con la excusa del narcotráfico mientras el propio presidente Donald Trump indultaba al exmandatario hondureño J. O. Hernández, sentenciado a 35 años de prisión por tráfico de toneladas de drogas, son muestras de esta injerencia que va in crescendo,
Samper instó a recuperar la integración latinoamericana y a buscar una mayor vinculación con el llamado Sur Global, argumentando que la región posee recursos estratégicos como agua, alimentos y minerales, pero carece de la coordinación política necesaria para defender sus intereses. “No llegamos en una época de oro, sino en pleno reconocimiento de esas derrotas. Por eso hay espacios a puertas cerradas para conversar con franqueza de buenas prácticas y también de experimentos que no lograron llegar a la población”, dijo el estadounidense David Adler, coordinador del foro, quien señaló que el progresismo perdió parte de su capacidad política porque se alejó de problemas concretos como el costo de vida, la vivienda, los salarios y la seguridad.
Bajo el lema “Solidaridad entre los pueblos, soberanía entre las naciones”, el encuentro buscó construir posiciones comunes frente a desafíos actuales como el debilitamiento del orden internacional, las migraciones forzadas, el aumento del costo de vida y el avance del crimen organizado, entre otros.
En Montevideo, el mandatario uruguayo Yamandú Orsi recibió a los expresidentes Ernesto Samper (Colombia) y Gabriel Boric (Chile); la secretaria nacional de Morena (México) Carolina Rangel; el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof; el senador y coordinador de Relaciones Internacionales del Partido de los Trabajadores brasileño, Humberto Costa; y los congresistas estadounidenses Pramila Jayapal y Jesús ‘Chuy’ García.
Hace 27 años, cuando Hugo Chávez ganó por primera vez las elecciones en Venezuela, comenzaba un nuevo y profundo capítulo en la historia del país y del continente latinoamericano y caribeño. En los años que siguieron a aquel 1999, innumerables movilizaciones populares en defensa de los recursos naturales o contra gobiernos neoliberales, así como articulaciones como el Foro Social Mundial, produjeron un ascenso de masas en América Latina que se tradujo en victorias electorales de gobiernos progresistas en Argentina, Brasil, Uruguay, Ecuador, Paraguay, Bolivia y Nicaragua, entre otros.
Más que una época de cambios, quizá fue “un cambio de época”, cuyos impactos inspiraron a las izquierdas de todo el mundo. Dos décadas después, se hace necesario analizar lo sucedido en nuestros países, donde gobiernos progresistas trataron de poner a los más humildes como sujetos de política y no meros objetos de ella, encarrilando las ideas de democracias participativas, dignidad e inclusión social, soberanía e integración regional.
¿Fracasaron?









