Integrado en la tertulia El Rinconcillo, del café Alameda, el traslado de varios compañeros a Madrid es seguido por un Lorca que consigue convencer a sus padres de continuar los estudios en la Residencia de Estudiantes, una especie de paraíso intelectual por el que pasaron un muestrario de los más ilustres de la época (Miguel de Unamuno, José Ortega y Gasset, Pedro Salinas, Einstein, Marie Curie o Ígor Stravinski), entre ellos quienes formarían posteriormente la Generación del 27. Un halo creativo, en el que se cuelan también sus primeros fiascos amorosos con cuerpo de mujer, que le empuja a su estreno como dramaturgo con “El maleficio de la mariposa”, poco exitoso inicio con una obra todavía maniatada por el impulso musical. Una condición mucho mejor tratada en “Libro de poemas”, donde late esa pasión modernista atravesada por los primeros llamados del vanguardismo, un reclamo expresado explícitamente en versos como “Yo tengo sed de aromas y de risas. / Sed de cantares nuevos / Sin lunas y sin lirios, / Y sin amores muertos”. Una tendencia, que si en sus “Suites”, experimento lírico consistente en reproducir una misma idea desde tonalidades diversas, comienza a aflorar, en el soporte literario que escribe en 1921 -aunque no sería publicado hasta una década después- de cara a un concurso de música flamenca, titulado “Poema del cante jondo”, se instala definitivamente. Su universalización de lo andaluz, fruto de horas en compañía de gitanos y guitarristas, además de embeberse del aroma “shakespeariano”, observa la confrontación clásica entre el amor y la muerte a través de las celosías de la Alhambra (“Cuando yo me muera, / enterradme con mi guitarra / bajo la arena. / Cuando yo me muera, entre los naranjos / y la hierbabuena”).
Pero más que una residencia, aquel centro estudiantil donde habitaba una extensa representación del arte y la cultura más distinguida, fue para el granadino un constante emisor de vínculos, y como tales supeditados a las alteraciones emocionales. Los malentendidos con el poeta Emilio Prados, o la amistad florecida con Dalí y Buñuel, regadas por la admiración mutua pero que se iría ajando con el paso de los años, fueron el paisaje de una época vital especialmente rica donde, además, se producía el nacimiento de la llamada Generación del 27, un grupo selecto al que Lorca tocaba su puerta con “Canciones”, reflejo de un misticismo popular que, sin embargo, entre sus coloreadas metáforas moraba un desarraigo vitalista que dibujaba un corazón “que se iba llenando de alas rotas y flores de trapo”.
CONQUISTANDO LA HISTORIA
El éxito alcanzado por dicha publicación, que constituía el primer episodio de una madurez creativa ya muy perceptible, se consolidaría con “Romancero gitano”, uno de sus títulos más reconocidos y escenificación nuevamente de esa cosmovisión andaluza con un telón de fondo afligido entregada bajo un diálogo estilístico entre prosa y poesía; un hermanamiento entre la alta cultura y la popular. Entregas artísticas que, sin embargo, no consiguen que su mundo romántico deje de sangrar ni obsequiarle con un prestigio suficiente como para poder agradecer -y reembolsar- el soporte emocional, pero también pecuniario, ofrecido por su familia, a la que, eso sí, le pudo otorgar su único deseo: acabar, no sin problemas, sus estudios de Derecho. Una incertidumbre que se cierne también sobre su escritura, percibida como una esclavitud impuesta en cuanto a erigirse en representante del pueblo gitano, una limitación artística que, sin embargo, arquitecturas metafóricas como “Los densos bueyes del agua / embisten a los muchachos / que se bañan en las lunas / de sus cuernos ondulados”, desmienten, dando cuenta de un idioma mucho más expansivo y rico.
Hastiado de un círculo intelectual castellano demasiado proclive a promover el chismorreo e invisibilizar el aporte creativo, percepción alentada por las noticias de un Buñuel que le insta constantemente a desplazarse junto a él a París, pero sobre todo por su condición de epicentro de la actitud represiva del Gobierno de Miguel Primo de Rivera, la imagen de un Madrid intelectualmente efervescente comienza a diluirse en el imaginario del granadino. Un desencanto en el que mucho tuvo que ver la censura que demoró el estreno de las obras de teatro “Mariana Pineda”, humanización del mito revolucionario andaluz que contó con una escenografía realizada por Dalí, o “Amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín”, ácida representación de las imposiciones sociales y amorosas soportadas por las mujeres. Quizás fue ese distanciamiento el que le llevó a poner énfasis en otras disciplinas, logrando que sus dibujos, de inspiración surrealista, acabaran expuestos en la sala Dalmau de Barcelona, o asumiendo en primera persona la publicación de la revista “Gallo”. Lorca necesitaba desengrilletar sus lazos artísticos y personales, y ni un océano de por medio se lo iba a impedir.
Aceptando el ofrecimiento de Fernando de los Ríos para acompañarle a Nueva York, como una forma de oxigenarse, esa razón tonificante del viaje desembocó en una experiencia trascendental en su carrera, haciendo de esas calles, por las que pernoctaba entre locales sofisticados al mismo tiempo que observaba las heridas y desigualdades latentes en la ciudad, alimento de uno de sus escritos más osados y transgresores, “Poeta en Nueva York”. Cargado todavía con fuertes heridas emocionales, el encuentro con un entorno urbanita inédito para sus ojos, alejado de esas presencias de la naturaleza que anhela con fervor, revela una disputa entre el cálido acogimiento de sus gentes y el tremendo manto de alienación que percibe. Máquinas, individuos y la deshumanización, junto a obsesiones habituales como la infancia o el erotismo, se alían para una obra de acento surrealista y compuesta por una lírica repleta de imágenes ricas, imaginativas y perturbadoras (“Los maestros enseñan a los niños / una luz maravillosa que viene del monte; / pero lo que llega es una reunión de cloacas / donde gritan las oscuras ninfas de cólera”). Un deslumbrante resultado que ejercía tanto de ruptura como de evolución de una trayectoria que, por primera vez en su biografía, iba a poder desplegarse alejado de efluvios dictatoriales.
UN NUEVO CONTEXTO SOCIAL Y POLÍTICO
La proclamación de la II República, en 1931, supone el advenimiento de un contexto social y político más esperanzador, lo que, previo paso por Cuba, donde además de admirar el folclore local y vivir con mayor naturalidad su homosexualidad participa en múltiples conferencias, significa su regreso a Madrid. Los intentos del nuevo gobierno por promover mejoras en el ámbito educacional derivan en una invitación a Lorca para participar en la expansión de ellas, siendo La Barraca, una “procesión” itinerante que representa obras clásicas de teatro a largo de la geografía peninsular, uno de sus estandartes. Un reto colectivo que intercala con su propia producción, igualmente enfocada esos años al ámbito teatral, y que cuenta con “Así que pasen cinco años” como antecedente, más temático que formal, de lo que iba a ser uno de sus grandes éxitos, “Bodas de sangre”, un desgarrador drama donde el amor y la muerte se vuelven a citar en ese epicentro humano y colectivo llamado Andalucía.
