Para entenderlo hay que mirar la estructura económica construida en Rusia después de la desaparición de la Unión Soviética. Las grandes privatizaciones de los años noventa permitieron que enormes sectores de la antigua propiedad pública acabaran concentrándose en pocas manos. Energía, minería, metalurgia, banca y otras actividades estratégicas se convirtieron en espacios fundamentales para la acumulación de grandes fortunas privadas.
Rusia mantuvo importantes capacidades industriales, científicas, nucleares, aeroespaciales y militares. Reducirla a una simple “gasolinera” sería una caricatura. Pero existe un problema estructural imposible de esconder: su posición dentro del mercado mundial continúa dependiendo extraordinariamente de la exportación de petróleo, gas y materias primas.
Y eso importa muchísimo. Imaginemos, por un momento, dos países. Uno vende petróleo, gas y minerales. El otro vende automóviles, maquinaria, teléfonos, ordenadores, equipos industriales, paneles solares, baterías y miles de productos manufacturados. Los dos participan en el comercio internacional, pero no lo hacen desde la misma posición.
El segundo dispone de una estructura productiva mucho más diversificada. Si además necesita las materias primas del primero, puede establecerse una relación comercial beneficiosa para ambos, pero profundamente desigual. El ejemplo nos ayudará a comprender la relación entre Rusia y China.
China no es simplemente «otro comprador»
Durante muchos años Europa desempeñó un papel fundamental como mercado para la energía rusa. La ruptura progresiva de esa relación obligó a Moscú a buscar nuevos compradores. China e India aparecieron como destinos fundamentales.
El cambio ha sido espectacular. Según los datos energéticos estadounidenses, en 2024 Asia y Oceanía recibieron aproximadamente el 63 % de las exportaciones rusas de petróleo crudo. Los barcos cambiaron de rumbo. Los oleoductos adquirieron otro significado. Los contratos comenzaron a denominarse cada vez más en monedas diferentes al dólar.
Pero cambiar el mapa no resuelve necesariamente el problema de fondo. Rusia continúa necesitando compradores para aquello que produce en enormes cantidades. Y China dispone de una posición negociadora especialmente poderosa porque, además de comprar materias primas rusas, puede suministrar muchos de los productos industriales que Rusia necesita. Por eso la relación es bastante más compleja que una simple alianza entre dos países enfrentados con Estados Unidos.
China posee una economía mucho más diversificada y una potencia industrial incomparablemente mayor. Rusia aporta principalmente energía, materias primas y una importante capacidad militar. China aporta un enorme mercado, financiación, manufacturas, tecnología y una moneda capaz de funcionar parcialmente como alternativa al dólar. La complementariedad existe. Pero también existe una profunda desigualdad.
Escapar del dólar para depender del yuan
Aquí aparece la gran paradoja. Rusia reduce su vulnerabilidad frente a Estados Unidos y Europa, pero lo hace aumentando su vinculación económica con China. Es, sin duda, una ganancia de autonomía frente a Occidente que puede generar una nueva dependencia hacia Oriente.
El yuan permite realizar operaciones que anteriormente podían hacerse en dólares o euros. China compra hidrocarburos rusos. Las empresas rusas adquieren productos chinos. Los sistemas financieros de ambos países permiten mantener abierto un circuito comercial que las sanciones occidentales pretendían estrechar.
Todo eso proporciona oxígeno a Moscú. Pero significa también que las decisiones tomadas en Pekín pesan cada vez más sobre la economía rusa. Si China compra más petróleo, Rusia encuentra mercado. Si compra menos, Moscú tiene un problema. Si los bancos chinos facilitan operaciones, el comercio fluye. Si temen sufrir sanciones secundarias occidentales y endurecen sus controles, las empresas rusas encuentran dificultades para cobrar o pagar. Y esto ya ha ocurrido.
El problema demuestra hasta qué punto resulta exagerado imaginar que Rusia simplemente ha abandonado el viejo sistema financiero y ha construido otro completamente independiente. La realidad, sin embargo, es muy diferente.
Las sanciones también han golpeado a quienes las utilizaron
Las sanciones han provocado costes importantes a Rusia. Han dificultado el acceso a tecnologías, financiación, componentes y determinados mercados. Pero también han producido consecuencias que seguramente no estaban entre sus objetivos iniciales. Han enseñado a muchos gobiernos una lección.
Si las reservas internacionales de un banco central pueden quedar inmovilizadas cuando aparece un conflicto político grave, acumular todas las reservas posibles en dólares, euros y activos occidentales deja de parecer una decisión puramente económica. Se convierte en una cuestión geopolítica.
Esto no significa que mañana el dólar vaya a desaparecer. Continúa ocupando una posición dominante en las finanzas internacionales, las reservas de los bancos centrales y numerosos mercados. Pero las sanciones contra Rusia han proporcionado un incentivo formidable para buscar alternativas. Paradójicamente, el uso del sistema financiero occidental como arma puede acelerar precisamente la construcción de mecanismos destinados a reducir su importancia.
Cambiar de moneda no cambia la economía
Existe, sin embargo, un error frecuente cuando se habla de desdolarización: imaginar que utilizar una moneda distinta transforma automáticamente la naturaleza de una economía. No es así.
Una compañía petrolera puede vender un millón de barriles y recibir dólares. Puede recibir euros. Puede recibir yuanes. Pero continúa vendiendo petróleo para obtener beneficios. Cambiar la moneda utilizada no cambia quién posee las empresas, cómo se distribuye la riqueza, qué se produce, quién controla los recursos o hacia dónde se dirige la inversión.
Por eso el giro ruso hacia el yuan no constituye por sí mismo una ruptura con la economía capitalista internacional. Rusia continúa teniendo grandes y poderosos grupos privados, fortunas gigantescas, diferencias sociales profundas y una economía donde la rentabilidad empresarial y la acumulación de capital desempeñan un papel central. El conflicto con Washington no elimina esas características. Simplemente enfrenta intereses económicos y estratégicos diferentes dentro del mismo mercado mundial.
Una economía de guerra puede crecer sin hacer más rica a la sociedad