Como puede verse, esas disputas se dan en los más diversos territorios, teniendo en cuenta que los mismos encierran diversas riquezas (minerales, petróleo, pesca, ubicación geoestratégica, posicionamientos políticos), apetecidas por dos Estados al mismo tiempo. Dichas disputas se manejan habitualmente en el terreno diplomático, sirviendo también por los gobiernos para insuflar sentimientos patrióticos, muchas veces con fines puramente electoreros y/o de control social. El caso de las Islas Malvinas es, quizá, el ejemplo de ello llevado al extremo.
En términos estrictamente geográficos, el archipiélago está dentro de la plataforma epicontinental que corresponde a la Argentina, separado de tierra firme por el Mar Argentino. La Comisión del Límite Exterior de la Plataforma Continental -CLPC-, de Naciones Unidas, ratificó en 2016 que las islas se encuentran dentro de los límites de la plataforma continental, separada del continente -la Patagonia para el caso- por un mar poco profundo (200 metros), demostrando que las islas están unidas físicamente a la masa continental a través del lecho y subsuelo marino. Por todo ello, geográficamente pertenecen a la soberanía argentina. No habría nada que discutir entonces. Sin embargo, sí se discute. Y mucho. A tal punto que ello llevó a una guerra en 1982.
Pero en realidad, no fue una guerra antiimperialista, motivada por un especial espíritu patriótico para expulsar al vil invasor colonialista. Fue una repugnante maniobra de la más feroz dictadura que asoló suelo argentino -la que introdujo los actuales planes neoliberales que la empobrecieron a un grado sumo-, intentando jugarla como distractor social. En otros términos: una artera e infame manipulación de genuinos sentimientos nacionalistas de la población. La reacción de la gente fue algo confusa: en sí misma la medida tenía mucho de progresista, pero en las circunstancias en que se dio, como simple cortina de humo de un gobierno que había desaparecido 30.000 personas, organizando un Mundial de Fútbol para tapar sus tropelías (comprando vergonzosamente un partido contra la selección de Perú), arrojando a los disidentes políticos vivos y drogados en los tristemente célebres “vuelos de la muerte”, y hambreado a toda su población, destruyendo sindicatos y conquistas laborales históricas, no fue vivida como una auténtica medida popular. Aunque el entonces presidente Galtieri, militar golpista, en estado de ebriedad, salió al balcón de la Casa Rosada saludando al estilo Juan Domingo Perón (alzando los brazos en gesto populista) llamando a “que vengan los ingleses”, nadie vio eso como un triunfo antiimperialista. Porque, en realidad, no lo fue. Solo una asquerosa y repugnante maniobra para burlarse de la gente, para intentar frenar el descontento que crecía.
La guerra, como cualquier contienda, se desarrolló según la lógica bélica del caso, y una potencia militar como el Reino Unido, con ayuda técnica de Estados Unidos y la OTAN, venció en el teatro de operaciones. Londres tuvo 250 bajas, mientras que las fuerzas argentinas sufrieron 650 caídos, el 70% de los cuales eran jóvenes que estaban cumpliendo su servicio militar obligatorio, mal preparados y peor equipados. La vergonzosa derrota precipitó la salida de la dictadura, que se vio forzada a llamar a elecciones unos meses después. Desde ese entonces, el Reino Unido sentó sus reales en las islas, y los reclamos argentinos no lograron modificar la situación.
Hoy, como pasa con muchos de los nombrados diferendos limítrofes y territoriales, el reclamo por la soberanía de las islas no constituye el problema principal de las y los argentinos. Un país que llegó a estar entre las diez primeras economías del mundo en su momento ahora, dadas esas políticas de privatización absoluta y represión feroz, ha descendido a puestos bajísimos. En el otrora “país de las vacas” -con un consumo cárnico enorme- no fueron infrecuentes saqueos a zoológicos para comer algo de carne roja por una población hambreada. Las Islas Malvinas, aunque efectivamente tocan una fibra sensible, están lejos de ser el problema toral del país al día de hoy.
En ese marco de empobrecimiento generalizado y posibles estallidos sociales reactivos, el actual gobierno de ese payasesco personaje que es Javier Milei (¿un psicótico en términos clínicos?) -quizá más nocivo que los propios militares de la dictadura, munido de su motosierra representando intereses de la banca internacional y no los de su país- intentó reflotar el reclamo sobre el archipiélago, una vez más como cortina de humo, como falaz distractor. El profundo sentimiento patriótico que allí se juega, sintiendo que las islas fueron robadas (como efectivamente sucedió), ahora manipulado una vez más por el elenco gobernante, generó la famosa manta que exhibieron los jugadores de la selección nacional de fútbol luego de su triunfo sobre Inglaterra en el Mundial en Estados Unidos. Lo más destacado de ese encuentro no fue quizá lo futbolístico, sino lo que representa las Malvinas para el imaginario popular, y el dichoso cartel, que provocó torrentes de comentarios. Entre otras cosas, la reacción de los servicios de inteligencia británicos, que rápidamente actuaron enviando un contra mensaje.
¡Sin dudas que las Malvinas son argentina! Y hay que exigir firmemente que el imperialismo británico se largue de todos los enclaves que aún mantiene en el mundo. Pero debemos ir más allá: ¿no es que el planeta Tierra es la patria de la humanidad?
Marcelo Colussi
CdF/EM
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