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A 107 años de su asesinato / Emiliano Zapata, héroe de la revolución mexicana

Escribe Federico Novo Foti

El 10 de abril de 1919 era fusilado Emiliano Zapata, quien fuera uno de los principales dirigentes, junto a Pancho Villa, de la gran revolución campesina mexicana entre 1910 y 1920. Aunque se mantuvo el sistema capitalista, se impuso una profunda reforma agraria.

Era el mediodía de aquel 10 de abril cuando Emiliano Zapata, “el caudillo del sur”, ingresó en la hacienda de San Juan Chinameca (Morelos, México). Dentro de la finca lo esperaba el coronel Jesús Guajardo, con quien Zapata buscaba un entendimiento ofreciéndole sumarse a las filas rebeldes. Días antes habían llegado a oídos de Zapata las desavenencias entre Guajardo y su jefe, el general Pablo González. Ambos habían sido enviados por el presidente mexicano Venustiano Carranza al frente del Ejército Federal para sofocar la rebelión del sur que reclamaba “tierra y libertad” y lideraba Zapata.
Con extrema desconfianza y desoyendo informes que le advertían sobre una posible traición, Zapata se encaminó a aquel encuentro junto a tres de sus lugartenientes y una escolta de diez hombres. Ya en la puerta de la finca la guardia de Guajardo hizo sonar tres veces el toque del clarín. Lo que parecía un saludo no era otra cosa que la señal para que los soldados abrieran fuego contra “el caudillo del sur” y su comitiva. La emboscada se había consumado y “Miliano” cayó asesinado junto a gran parte de su escolta.

La muerte de Emiliano Zapata dio nacimiento a la leyenda. Los rumores de que “el pobrecito” no había muerto y que regresaría se cantó en corridos y poemas, mientras que la rebelión de los pueblos del sur continuó reclamando la “tierra prometida”.1 Recién en 1920 Carranza comprendió que el sur no se rendiría y debió reconocer algunas de sus reivindicaciones.

Del “porfiriato” a la revolución

Entre 1876 y 1910 México estuvo gobernado por la dictadura de Porfirio Díaz, quien defendía los intereses de la oligarquía terrateniente y el imperialismo, apoyado en el ejército y la iglesia católica. Durante el “porfiriato” la oligarquía acrecentó latifundios a fuerza de expropiaciones y la concentración de tierras mediante el saqueo legalizado de las comunidades campesinas indígenas y mestizas. Se calcula que en este periodo 810 mil hectáreas comunales fueron transferidas a las haciendas. Para 1910 el 77,4% de la población mexicana vivía en el campo, pero el 96,9% de ellos no poseían tierras o tenían tierras marginales, por lo que millones de campesinos estaban sumidos en la miseria.2

El 26 de junio de 1910 Porfirio Díaz se hizo reelegir en su cargo. Días antes había sido detenido Francisco Madero, terrateniente e industrial, miembro de una de las diez familias más ricas del país, quien había intentado presentarse a elecciones en nombre de la democratización (no reelección y libertad de sufragio) y la modernización del país. A comienzos de octubre, Madero logró fugarse de la prisión y exiliarse en Estados Unidos. El 5 de octubre dio a conocer el “Plan de San Luis”, que exponía el descontento de un gran sector patronal con el dictador y en forma vaga e imprecisa prometía solucionar el problema de la carencia de tierra que afligía a la inmensa mayoría de la población.

En aquella proclama Madero llamaba al levantamiento armado. El campesinado pobre vio en el llamado de Madero la ocasión de recuperar sus tierras usurpadas y empezó a movilizarse masivamente. La revolución agraria se había puesto en marcha.

Ambos bandos de los explotadores se apresuraron a negociar para terminar con las revueltas. Entre el dictador y los líderes patronales maderistas pactaron la salida de Díaz. El 25 de mayo, éste renunció y partió al exilio en Francia. Madero hizo su entrada triunfal como presidente en la ciudad de México en junio de 1911. Para la burguesía, la revolución se había terminado. Pero miles y miles de campesinos habían despertado, dispuestos a recuperar la tierra. Durante casi una década tuvieron en jaque al poder burgués en el país.

La Comuna de Morelos

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ESLABÓN PERDIDO DE GENDARMERÍA

#JorgeRicardoMasetti

Por Hernán Vaca Narvaja

Se cumplen 60 años de la desaparición de Jorge Ricardo Masetti y Atilio Altamira en las montañas de Orán, Salta, en pleno repliegue del Ejército Guerrillero del Pueblo, la vanguardia del Che Guevara en Argentina. Una causa judicial reabierta por la hija del fundador de Prensa Latina choca con la intransigencia de Gendarmería Nacional, que retacea información clasificada vital para saber el destino final del autor de “Los que luchan y los que lloran”, la mejor crónica de guerra del periodismo argentino.

Publicada el 26/04/2024 en Crónicas 

En abril de 1964, el Ejército Guerrillero del Pueblo (EGP) había sido exterminado y sus combatientes detenidos, muertos o prófugos. La “Operación Santa Rosa” había sido un éxito y así los proclamaba orgullosa Gendarmería Nacional, la fuerza que se colgó la medalla de haber eliminado a la guerrilla del Che Guevara en Argentina. Pero quedó un cabo suelto: los guerrilleros Jorge Ricardo Masetti (nada menos que el Comandante Segundo, encargado de despejar el camino para la llegada del Che) y Oscar Atilio Altamira (“Atilio”), su lugarteniente cordobés, nunca aparecieron. Ni sus cuerpos, ni sus mochilas, ni sus armas. Nada. Se los tragó la selva.

Gobernaba el país el radical Arturo Illia. El 26 de agosto de 1964 sus ministros Juan Carlos Palmero (Interior), Leopoldo Suárez (Defensa) y Ángel Zavala Ortiz (Relaciones Exteriores), comparecieron en sesión secreta en la Cámara de Diputados, donde acusaron a Fidel Castro de exportar su revolución al continente. “Se ha organizado un verdadero aparato para transportar a ciertos elementos a Cuba, donde son adoctrinados, donde hacen su ejercitación y su práctica en guerra de guerrillas, donde se los adoctrina y capacita ideológicamente para atentar contra la estabilidad democrática de los pueblos”, advirtió Palmero.

El ministro de Defensa de Illia contó que el destacamento 20 de Orán había empezado a operar el 28 de febrero de ese año y el 4 de marzo detuvo a los primeros guerrilleros, que ya sumaban 18 capturados en el monte y otros 26 colaboradores detenidos en Salta y Córdoba. El funcionario dio oficialmente por muerto a Masetti: “Se supone que aquellos que han entrado en una inmediata persecución por parte de Gendarmería Nacional, seguramente por la conformación del terreno o por tener que haber afrontado dificultades para atravesar los límites territoriales, posiblemente hayan muerto. Entre ellos, el capitán Segundo (sic), que era quien estaba a cargo de este sector de guerrilleros de Salta. A tal punto esto es factible que actualmente Gendarmería Nacional sigue rastreando algunos lugares en procura de conseguir localizar a estos guerrilleros, si es que existen, o sus cadáveres, si están. Precisamente, al venir a la Cámara, recibí un telegrama donde se me señala que en una acción de este tipo acaban de encontrar el cadáver del guerrillero que se desbarrancó en un lugar que resultaba poco menos que inaccesible. Lo han encontrado y creo que lo han rescatado”. Se refería a Antonio Paul, muerto en brazos de su compañero Héctor Jouve tras quebrarse la columna vertebral al caer de un farallón.

El comandante José San Julián, ex director del Museo de Gendarmería, recordó que el 14 de agosto se organizó una patrulla que llegó hasta Sierra Morada, por encima de los 4.000 metros sobre el nivel del mar. Treparon por el cajón del río Las Piedras y encontraron huellas, raíces y tallos cortados con machete que, dedujeron, podrían indicar la presencia de los guerrilleros en su desesperado afán de supervivencia. Estaban tras los pasos de Masetti y Altamira. “Tiempo después, el mismísimo “Che Guevara” anunciaría la muerte de Jorge Ricardo Masetti (a) “Comandante Segundo”, a familiares y amigos en Buenos Aires. Versión que resultaría confirmada finalmente por dos periodistas que lo habían conocido y tratado, y un anuncio fúnebre publicado en la sección necrológica del diario “En Marcha”, editado en Montevideo. Lo cierto es que Masetti no apareció más”, agregó. Se refería en realidad al semanario Marcha, de Uruguay, donde los periodistas Rodolfo Walsh y Rogelio García Lupo -viejos conocidos y compañeros de Masetti en Prensa Latina- escribieron sendas  semblanzas sobre su amigo en mayo de 1965: “Masetti, un guerrillero” (Walsh) y “Masetti, un suicida” (García Lupo). Ninguno supo en fehacientemente qué ocurrió con Masetti ni estaban en condiciones de “confirmar” su muerte.

La desaparición

“De sus heridas se recupera lo suficiente para poder caminar –especulaba Walsh-, para que no lo tomen prisionero. (Esa perspectiva, recuerdo, lo obsesionaba: “Imagínate, que te agarren, que te hagan cantar, qué vergüenza viejo”). Cuando todo está perdido, cuando el furor de la selva ha aniquilado prácticamente a su grupo, Masetti llena su mochila y se interna en la espesura, monte arriba. No vuelve, todo el mundo sabe que no puede volver”.

García Lupo también imaginó cómo fue el fatídico final de su amigo: “Es probable que Masetti haya llegado a creer que la muerte, sencillamente, no lo quería. La muerte, por ejemplo, respetaba al Che. Él lo sabía. Pero Masetti temía que en su caso hubiera una confusión, ya que se había pasado desafiándola, pero nunca lo había hecho en regla. El día que lo hizo, la muerte lo tomó en serio. Es posible que en el final, Masetti se diera cuenta que había pagado el precio justo para ser un héroe de nuestro tiempo”, escribió.

Más allá de las conjeturas de Walsh y García Lupo, Masetti no decidió perderse en el monte para siempre y mucho menos quitarse la vida. Su misteriosa desaparición contrasta con el asombroso resultado de la meticulosa búsqueda de los gendarmes, que en menos de un mes encontraron a todos los guerrilleros, incluidos los que habían sido fusilados y enterrados por sus propios compañeros. Pero no al “Comandante Segundo” y al guerrillero “Atilio”.

¿No los encontraron?