Es duro ver cómo el país en el que vivo y que amo se dirige hacia el abismo; y más duro aún contemplar el entusiasmo con el que mucha gente que respeto se arroja voluntariamente en él. Los asesinos el jueves de
Mohamed Brahmi, portavoz de un pequeño partido de izquierdas integrado en el Frente Popular, se mueven probablemente en una nebulosa oscura en la que se mezclan delincuentes, salafistas y conspiradores maquiavélicos. Nunca me atrevería a aventurar un culpable y es muy probable que, como en el caso de
Chukri Belaid, se emborronen o se falseen las pistas y nunca desemboquemos en ninguna certeza. Lo que sorprende es la unanimidad y convicción con que la oposición se ha precipitado a acusar a Nahda y sus “milicias paralelas” de la ejecución del horrendo crimen. Esta “unanimidad y convicción” forma parte, a mi juicio, de los datos con los que trabajan, desde la sombra, todos aquellos que, desde hace dos años, buscan hacer descarrilar la “transición democrática” tunecina y que ahora han encontrado, tras el éxito en Egipto, una nueva escenografía favorable.No sabemos quién ha matado a Brahmi, pero demasiadas cosas encajan para no pensar en el caso egipcio. Recordemos algunas de ellas.