Netanyahu es consciente de que estas guerras no pueden prolongarse indefinidamente. Sin embargo, ponerles fin sin una victoria acarrearía consecuencias aún mayores: el colapso de la doctrina de disuasión de Israel y, potencialmente, el desmoronamiento de su proyecto más amplio de dominio regional.
Este dilema afecta al núcleo mismo de la ideología sionista, en particular al concepto de «muro de hierro» de Ze’ev Jabotinsky: la creencia de que una fuerza abrumadora e implacable acabaría por obligar a la resistencia autóctona a rendirse.
Hoy en día esa premisa está siendo puesta a prueba, y está demostrando ser insuficiente.
Netanyahu ha calificado repetidamente las guerras actuales de existenciales, comparables en importancia a la de 1948: la guerra que dio lugar a la limpieza étnica de los palestinos durante la Nakba y al establecimiento de Israel.
De hecho, los paralelismos son inconfundibles: desplazamientos masivos, terror contra la población civil, destrucción sistemática y un respaldo occidental inquebrantable; antes de Gran Bretaña, ahora de Estados Unidos.
Pero hay una diferencia fundamental: la guerra de 1948 condujo a la creación de Israel; las guerras actuales versan sobre su supervivencia como exclusivista proyecto colonial de asentamientos.
Y ahí radica la paradoja: cuanto más duran estas guerras, más ponen de manifiesto la incapacidad de Israel para lograr resultados decisivos. Sin embargo, ponerles fin sin una victoria supone el riesgo de una derrota histórica, no sólo para Netanyahu, sino para los cimientos ideológicos del propio Estado israelí.
La sociedad israelí parece reconocer lo que está en juego. Las encuestas realizadas a lo largo de 2024 y 2025 han revelado un apoyo abrumador entre los judíos israelíes a la continuación de las campañas militares en Gaza y a los enfrentamientos con Irán y el Líbano.
El discurso público enmarca este apoyo en términos de «seguridad» y «disuasión». Pero la realidad subyacente es más profunda: un reconocimiento colectivo de que el proyecto de larga data de supremacía militar se está desmoronando.
Tras haber fracasado en someter a Gaza a pesar del genocidio, Israel intenta ahora lograr mediante maniobras diplomáticas lo que no pudo conseguir mediante la guerra. Las propuestas de supervisión internacional, fuerzas de estabilización y estructuras de gobierno impuestas desde el exterior son todas ellas variaciones de este enfoque.
Pero es poco probable que estos esfuerzos tengan éxito.
Gaza ya no está aislada. La dimensión regional del conflicto se ha ampliado, vinculando al Líbano, Irán y otros actores en un frente más amplio e interconectado.
El equilibrio está cambiando
En el Líbano Israel se ha visto obligado repetidamente a aceptar acuerdos de alto el fuego, no por elección propia, sino porque no logró derrotar a Hizbolá ni quebrantar la voluntad del pueblo libanés.
Esta dinámica se extiende a Irán. Tras la agresión conjunta contra Irán iniciada el 28 de febrero, tanto Estados Unidos como Israel se vieron obligados a aceptar marcos de desescalada tras no lograr resultados rápidos o decisivos.
La expectativa de que Irán pudiera desestabilizarse rápidamente —siguiendo el modelo de Iraq o Libia— resultó ser ilusoria. En cambio, el enfrentamiento puso de manifiesto los límites de la escalada militar y obligó a volver a las negociaciones.
Esta es la esencia de la difícil situación actual de Israel.
La diplomacia, en este modelo, no es una alternativa a la guerra, sino una pausa dentro de ella. Una herramienta temporal utilizada para reagruparse antes de la siguiente fase de confrontación.
Pero en el caso de Israel, esta «diplomacia» agresiva se está convirtiendo cada vez más en la única herramienta disponible, precisamente porque su estrategia militar no ha logrado la victoria.
Se suponía que el Líbano iba a ser la excepción: un escenario en el que Israel pudiera aislar y derrotar a Hizbolá. En cambio, se ha convertido en una prueba más del fracaso estratégico.
Los esfuerzos por separar los frentes —Gaza, Líbano, Yemen, Irán— se han derrumbado. Irán ha vinculado explícitamente su compromiso diplomático a los acontecimientos en otros frentes, lo que ha obligado a Israel a un enredo estratégico más amplio que no puede controlar.
Esto marca un cambio profundo.
Los pilares fundamentales de la estrategia israelí —fuerza abrumadora, fragmentación de los adversarios, control del discurso e ingeniería política— ya no funcionan como antes.
Sin embargo, Netanyahu sigue proyectando la victoria, declarando el éxito a intervalos regulares, invocando la disuasión y presentando las guerras en curso como logros estratégicos.
Pero estos discursos suenan huecos.
La realidad, cada vez más evidente para los observadores de toda la región y más allá, es que el equilibrio finalmente se está desplazando.
Por primera vez en décadas, el curso de la historia ya no se inclina a favor de Israel.
Ramzy Baroud es periodista y director de The Palestine Chronicle. Es autor de seis libros, entre ellos Our Vision for Liberation, My Father was a Freedom Fighter y ‘The Last Earth, siendo el más reciente Before The Flood: A Gaza Family Memoir Across Three Generations of Colonial Invasion, Occupation and War in Palestine. El Dr. Baroud es también investigador senior no residente en el Centro para el Islam y los Asuntos Globales (CIGA) de la Universidad Zaim de Estambul (IZU). Su sitio web es www.ramzybaroud.net .
Texto en inglés: CounterPunch.org, traducido por Sinfo Fernández.
Fuente: https://vocesdelmundoes.com/2026/04/17/el-colapso-es-real-el-alto-el-fuego-en-el-libano-supone-una-derrota-estrategica-historica-para-israel/
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Rebelion 18/04/26