
Por Renán Vega Cantor | 21/03/2026 | Opinión
Desde hace tiempo el realismo mágico ha llegado a la ONU, pero el 11 de marzo el Consejo de Seguridad rebasó todos los límites de la infamia y de la imaginación, al aprobar la propuesta de Bahréin que condena a Irán «por sus ataques a los países del Golfo Pérsico».
«Esta resolución es una flagrante injusticia para mi país, principal víctima de un claro acto de agresión. Distorsiona la realidad sobre el terreno e ignora deliberadamente las causas profundas de la crisis actual. […] El propósito de este texto sesgado y con motivaciones políticas, impulsado por el régimen israelí y los Estados Unidos, es claro: invertir las reglas y la posición de víctimas y agresores. Recompensa a los regímenes que han violado la Carta de las Naciones Unidas y cometido actos de agresión. […] Establece la impunidad y envalentona a los agresores a cometer más crímenes. La adopción de hoy supone un grave revés para la credibilidad del órgano y deja una mancha imborrable en su historial”. (Amir-Saeid Iravani, Embajador de Irán ante la ONU.)
“Pero ¿quién se aventuraría a decir que nuestra época es la de los derechos adquiridos, y no más bien la de los derechos violados? […] Llegamos así al meollo de la cuestión: los derechos no como amparo frente a las injusticias, sino al contrario, como su legitimación”. (Gustavo Zagrebeñsky, Derechos a la fuerza, Trota, Madrid, 2023, pp. 14 y 16.)
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Ciertos críticos literarios popularizaron el término “realismo mágico” para referirse a la obra de Gabriel García Márquez, en especial a Cien años de soledad. A su autor no le gustaba dicho calificativo porque con el mismo se estaba indicando que sus libros eran producto de una imaginación desbordada, una pura y simple invención. Gabo recalcaba, en contravía, que lo presuntamente mágico en las historias que narraba no era producto de su vasta imaginación, sino que era algo mucho más simple: era un resultado de observar la realidad de Colombia y de Nuestra América y de escribir la crónica literaria de esa realidad. Él afirmaba: “Dicen que yo he inventado el realismo mágico, pero solo soy el notario de la realidad. Incluso hay cosas reales que tengo que desechar porque sé que no se pueden creer”. Reafirmaba que lo suyo no era “realismo mágico”, sino realismo simple. Es copiado de la calle”. En esa dirección, su literatura más que mágica es profundamente realista. Lo que sucede es que, al replicar literariamente la realidad, queda la impresión que los hechos narrados no tenían ninguna relación con el mundo real, ni expresan la desmesura de lo que acontece en la vida cotidiana.
De ahí, que lectores despistados de Gabo a veces piensan que lo que se encuentra en sus obras no puede ser real y, para recordarlo, podemos mencionar dos ejemplos. Uno, cuando en Cien años de soledad recrea la Masacre de las Bananeras, de diciembre de 1928 en Ciénaga (Magdalena) y después periodistas mediocres, historiadores del montón y políticos reaccionarios hayan dicho que la masacre nunca existió y que los miles de muertos de los que se habla en la novela son invenciones puras y simples de García Márquez. Y, dos, cuando en El otoño del Patriarca se dice que el dictador vendió el mar y que los gringos se empezaron a llevar las aguas, literalmente hablando, para su país, despojando a los habitantes locales de la savia vital que les pertenecía. A primera vista, exageración, pero viendo con detalle el asunto, simplemente era un anticipo de lo que el capitalismo ha hecho con el agua, que de ser un bien común de la humanidad se ha convertido en una mercancía, a la que tienen acceso privilegiado aquellos que tienen cómo comprarla. Por si hubiera dudas, recordemos que un hecho que parece inverosímil pero que es real [puro realismo mágico], en Cochabamba (Bolivia) en el 2000 la compañía francesa que privatizó el agua les prohibía a los habitantes locales recoger agua de lluvia y si lo hacían eran considerados delincuentes.
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Ahora tenemos que el realismo mágico ha llegado a la ONU, o, mejor dicho, hace tiempo ya es una de las características de esa inútil y moribunda agencia, pero el 11 de marzo lo que aprobó el Consejo de Seguridad de la ONU [CSO] rebasa todos los límites de la infamia y de la imaginación. En efecto, ese día el CSO aprobó una resolución, presentada por Bahréin que condena a Irán, léase bien, por sus ataques a los países del Golfo Pérsico.