Por Adolfo Santos, dirigente de Izquierda Socialista, Argentina,
23/9/2026. La “Operación Furia Épica”, el brutal ataque militar con el que las fuerzas armadas de los Estados Unidos e Israel pretendían la rendición incondicional de Irán, no alcanzó sus objetivos. Lo que sería una batalla de pocos días, va a entrar en el octavo mes de conflicto sin solución de continuidad. Ahora, surgió un nuevo problema que aumenta la crisis en la región: el control de los hutíes del estrecho Bab el-Mandeb, en Yemen, que enlaza el mar Rojo con el golfo de Adén rumbo al océano Índico.
Las pretensiones de controlar Irán y sus riquezas por parte de Donald Trump chocaron con la resistencia de un pueblo que, a pesar de su gobierno, se ha unido en defensa de su soberanía. Peor aún, el conflicto se extendió a varios países, agravando la situación en una región altamente explosiva. En su defensa, Irán ya atacó a Kuwait, Bahréin y Jordania, aliados de los Estados Unidos en el golfo Pérsico y en la madrugada del sábado 19 de septiembre, los enfrentamientos escalaron a otro nivel. Un depósito de la petrolera estatal saudita Aramco, ubicado cerca del aeropuerto internacional de Riad, capital de Arabia Saudita, explotó como parte de una serie de ataques de los hutíes, aliados del régimen iraní.
Trump dejó sin apoyo a Arabia Saudita
La toma por parte de los hutíes de posiciones estratégicas con vistas al estrecho de Bab el–Mandeb asestó a Arabia Saudita su golpe más grave en Yemen en años y dejó al descubierto fallas de inteligencia, el colapso de sus aliados yemeníes y los límites de la protección estadounidense.
“El colapso de las fuerzas respaldadas por Arabia Saudita les dejó a los hutíes un nuevo botín, además del territorio: un importante arsenal de armamento avanzado suministrado por Estados Unidos y Arabia Saudita y abandonado durante la retirada” (La Nación, Argentina, 16/9/2926).
Los desastres políticos y militares sufridos por Donald Trump, en Irán y Medio Oriente, han contribuido a perder el control de dos pasos marítimos clave para la economía mundial capitalista.
Encima el imperialismo, de la mano de Trump, muestra su debilidad al dejar sin apoyo militar, frente al avance de los hutíes, a su aliado el monarca el asesino Mohamed Bin Salmán, de Arabia Saudita. Trascendió que el monarca “llamó a la Casa Blanca hasta en dos ocasiones (…) para reclamar una mayor implicación estadounidense frente a los hutíes y las milicias proiraníes en Irak que, con sus ataques, han paralizado el tránsito a través del oleoducto Este-Oeste. Sin éxito: Trump no solo no ha atendido sus ruegos, sino que ha optado por ponerse completamente de perfil. Como si no fuese con él” (El País, 20/9/2026).
El genocidio en Gaza desde octubre de 2023, que ha asesinado a más de 73.000 palestinos, ha marcado un punto de inflexión histórico en la lucha palestina y en la naturaleza del conflicto con el proyecto sionista.
Lo que se ha desarrollado ha ido mucho más allá de otra guerra o de otro episodio de violencia israelí; ha puesto al descubierto ante el mundo la verdadera naturaleza del proyecto sionista como una empresa colonialista de asentamientos basada en la limpieza étnica, el apartheid y la eliminación sistemática del pueblo palestino indígena.
Desde su surgimiento a finales del siglo XIX, el movimiento sionista ha tratado de establecer un Estado colonialista en Palestina mediante la movilización de las potencias imperialistas occidentales y una alianza duradera con las fuerzas dominantes del sistema internacional.
Mientras que el colonialismo clásico buscaba principalmente explotar a las poblaciones indígenas, el sionismo pertenece a la tradición de los movimientos coloniales de asentamiento que pretendían sustituirlas. Desde sus inicios, el movimiento fue más allá de la búsqueda del dominio político, con el objetivo de transformar el carácter demográfico, político y cultural de Palestina.
El sionismo nunca fue un movimiento autóctono de Oriente Medio. Fue una solución colonial europea a lo que los propios europeos denominaban la «cuestión judía», impuesta al pueblo palestino.
Durante más de un siglo, el proyecto sionista se ha sustentado en tres pilares estratégicos: el apoyo político, militar y financiero inquebrantable de Occidente; la fragmentación del entorno árabe e islámico circundante y su enredo en conflictos internos; y la creación deliberada de hechos irreversibles sobre el terreno hasta que el despojo sea aceptado como realidad política.
A pesar de las inmensas ventajas políticas y militares de las que goza el régimen sionista, el pueblo palestino ha logrado, gracias a su resistencia y firmeza continuas, frustrar su objetivo central: eliminar la presencia palestina u obligarla a someterse.
Desde la Nakba de 1948, los palestinos se han mantenido firmemente apegados a su tierra, su identidad y sus derechos históricos, pagando un precio extraordinario para preservar su existencia, mantener su lucha y asegurar el futuro de las generaciones venideras.
Históricamente, los proyectos coloniales de asentamientos rara vez se derrumban únicamente por una derrota militar. Comienzan a desmoronarse cuando la población indígena se niega a desaparecer, cuando se derrumba la legitimidad internacional del régimen y cuando el coste interno y geopolítico de mantener la ocupación se vuelve insostenible.
El colapso de Oslo
El proceso de Oslo, junto con la ilusión de una paz negociada, supuso un intento de transformar la cuestión palestina de una lucha por la liberación nacional, la autodeterminación y la independencia en un proyecto para gestionar la ocupación. Más de tres décadas después, su fracaso es indiscutible.
Los asentamientos israelíes se expandieron de forma espectacular, el territorio palestino se redujo de manera constante y la Autoridad Palestina se convirtió en una entidad fragmentada con una autoridad muy limitada, que opera bajo el dominio y las restricciones estructurales impuestas por la ocupación.
Mientras tanto, el Estado sionista siguió creando realidades irreversibles sobre el terreno que han hecho prácticamente imposible el establecimiento de un Estado palestino independiente, incluso uno desmilitarizado, territorialmente fragmentado y privado de soberanía genuina.
Los acontecimientos del 7 de octubre de 2023 destrozaron de raíz el statu quo político, alteraron la trayectoria del conflicto y pusieron al descubierto la quiebra de los supuestos que habían regido la política regional durante más de tres décadas.
El genocidio que siguió supuso el fin moral y político del paradigma de Oslo y de la ilusión de que el conflicto pudiera resolverse mediante interminables negociaciones llevadas a cabo en condiciones de asimetría abrumadora.
El mito de la solución de dos Estados se derrumbó finalmente bajo el peso de la realidad política.
Las reivindicaciones israelíes sobre la tradición de la democracia liberal occidental y el Estado de derecho sufrieron quizá su mayor crisis de credibilidad desde la fundación del Estado.
El mundo reconoció cada vez más que la cuestión nunca se redujo simplemente a una cuestión de fronteras o acuerdos de seguridad, sino que se trataba de una lucha entre un pueblo indígena que buscaba la libertad y un proyecto colonialista de asentamientos basado en la exclusión, la supremacía y la dominación permanente.
El genocidio también asestó un golpe devastador a la visión de Benjamin Netanyahu de un «Nuevo Oriente Medio».
Apenas unas semanas antes del 7 de octubre, se presentó ante las Naciones Unidas mostrando un mapa que, en la práctica, borraba a Palestina y presentaba a Israel como el centro indiscutible de un nuevo orden regional construido sobre la normalización, la integración económica y la hegemonía estratégica. Proyectos como el Corredor Económico India-Oriente Medio-Europa (IMEC, por sus siglas en inglés) estaban diseñados para institucionalizar a Israel como el puente comercial y de seguridad indispensable que une Asia, el Golfo, Europa y África.
Gaza echó por tierra esa visión.
En lugar de inaugurar una era de hegemonía sionista indiscutible, devolvió a Palestina al centro de la política regional e internacional, frenó el impulso de la normalización y demostró que ningún orden regional puede alcanzar una legitimidad duradera mientras excluya al pueblo palestino y le niegue sus derechos inalienables.